Cuando nombramos la palabra cometa, la primera imagen que se nos viene a la cabeza es el Halley surcando los cielos de la Tierra en 1986. Algunos, como yo, no habían nacido, por lo que ese recuerdo se basa en fotografías de la época. Mientras tanto, otros tuvieron más suerte y pudieron disfrutar de un fenómeno que solo ocurre cada 75 años. Sin embargo, no todos los cometas han llegado tan lejos. Hay casos que no superaron ciertas fronteras, como la órbita de Júpiter. Hablamos del Shoemaker-Levy 9, el cometa que impactó contra el rey de los planetas.

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El cometa Shoemaker-Levy 9 fragmentado. (Fuente: www.wikipedia.org)

Si sois de mi quinta, este nombre no os sonará de nada (yo sólo sabía que un cometa había impactado con Júpiter, pero desconocía el nombre). Pero se trató de un objeto que se hizo muy popular en todo el globo durante el año 1994. Se llama así por los astrónomos que lo descubrieron en 1993: Carolyn y Eugene Shoemaker y David Levy. Era el noveno cometa de periodo corto (inferior o igual a 200 años) que descubrían, aunque era algo más especial que los demás. A diferencia del resto, dicho cometa orbitaba Júpiter, no el Sol. ¿Cómo acabó ahí?

La “presencia” gravitatoria de Júpiter es gigantesca. Cualquier objeto que se acerque demasiado puede acabar atrapado por el planeta. Sólo hay que ver la lista de satélites jovianos para darse cuenta de ello; son muchos los que cayeron en su “pozo gravitatorio”. Muchas lunas son cuerpos pequeños y deformes (a excepción de los cuatro satélites galileanos y algunos otros), lunas que en realidad son asteroides y cometas capturados desde los inicios del Sistema Solar. Sin embargo, no todos los objetos atrapados tienen un final tan bonito.

La principal diferencia del SL9 (abreviatura del nombre del cometa) con el resto de cuerpos era su órbita inestable. Tenía un periodo orbital alrededor del planeta de 2 años, con un ¿perijoviano? (debería ser perihelio, pero no está orbitando el Sol) de 0,33 UA y una excentricidad de 0,99. Analizando la trayectoria del cometa, los científicos calcularon que este fue capturado por el planeta durante los años 60, para finalmente acabar su vida entre el 16 y el 22 de julio de 1994.

Pero ¿cómo es posible que el impacto se dilatara tanto en el tiempo si suelen ser fenómenos violentos y rápidos? Violento fue, aunque seguramente no tanto como hubiese sido un impacto directo. Antes de perderse en la atmósfera joviana, el SL9 nos brindó un acontecimiento único más: la fragmentación del cometa.

La órbita tan inestable y excéntrica hizo que el cometa se acercara mucho a Júpiter. El 7 de julio de 1992, el Shoemaker-Levy 9 se aproximó a 40.000 kilómetros del gigante gaseoso (el radio de este es de 70.000 kilómetros), superando el límite de Roché y siendo destrozado por las fuerzas de marea. A modo de resumen, podemos decir que por debajo de dicho límite, las fuerzas de marea que ejerce el planeta son superiores a la fuerza gravitatoria que mantiene unido el cometa, por lo que este, simplemente, se despedaza.

Así que el cometa todavía no había acabado su espectáculo, ahora lo único que faltaba era una serie de impactos sobre la atmósfera joviana, hecho que comenzó nueve días más tarde. El SL9 se había convertido en un collar de perlas, una serie de fragmentos de hielo y roca muy brillantes (debido a su cercanía al Sol) separados por menos de 1.000 kilómetros y extendidos unos 160.000 kilómetros. Dichos fragmentos fueron denominados desde fragmento A hasta fragmento W, lo que nos dice que los astrónomos no se comieron mucho el coco (aunque es la nomenclatura más lógica).

En los días previos al impacto, los científicos enfocaron todos sus instrumentos hacia el planeta gaseoso, desde el Hubble hasta el ROSAT, pasando por la sonda Galileo, que en aquel momento se encontraba de camino a Júpiter. Gracias a ello, se pudieron obtener imágenes espectaculares del gran momento.

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Fragmentos del SL9 impactando contra Júpiter. Imagen captada en el infrarrojo. (Fuente: www.scientificamerican.com)

Como ya nombramos antes, la desaparición definitiva del cometa comenzó el 16 de julio, con el impacto del fragmento A. Este entró en la atmósfera joviana con una velocidad de 60 km/s. Los numerosos impactos generaron manchas oscuras en el planeta, siendo la mayor la ocasionada por el fragmento G (18 de julio de 1994). Dicha mancha tuvo un diámetro de 8.000 kilómetros y el impacto liberó una energía de seis millones de megatones de TNT. Tanto esta como las demás manchas generadas pudieron ser observadas hasta varios meses después de los impactos. Finalmente, el fragmento W desapareció bajo el mar de nubes de Júpiter el 22 de julio de 1994.

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Mancha ocasionada por el impacto de uno de los fragmentos. (Fuente: www.wikipedia.org)

Este espectáculo permitió a los científicos estudiar la composición química de las capas interiores de Júpiter, gracias al material expulsado al exterior por el impacto. También nos hizo darnos cuenta de la gran aspiradora cósmica que es el planeta gaseoso, impidiendo que objetos peligrosos lleguen a los planetas interiores, pudiendo convertirse en un riesgo para la vida en la Tierra, si no que se lo cuenten a los dinosaurios…

Y creo que esto es todo por hoy. La verdad es que me ha encantado escribir esta entrada. La cantidad de datos que he aprendido es enorme, espero que les haya pasado lo mismo. Es una pena no haber estado vivo en el 94, un fenómeno como el producido por el cometa Shoemaker-Levy 9 no ocurre todos los días. ¡Nos vemos la próxima semana!