Bueno, hace bastante desde la última vez que publiqué, pero eso ya se acabó. Hoy no vengo con una entrada, si no con un pequeño relato que me ha dado por escribir. En un principio iba a ser de ciencia ficción, pero al final ha acabado siendo de un crimen y de la triste existencia de un fracasado. Eso sí, la atmósfera de sci-fi la tiene, faltaría más. Os dejo ya con la historia, espero que os guste:

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Ser el perdedor entre todos los perdedores de tu barrio no está mal, te ayuda a pasar desapercibido. La gente te ignora, a nadie le importas y nadie te echaría en falta si algún día te das un mal golpe y te mueres. Al final todo se resume en ventajas. Sin embargo, cuando se vive en una lata gigante orbitando alrededor de un planeta yermo y desolado, la sensación del perdedor no es tan bonita. Son muy pocos tus vecinos y, siendo francos, los conoces a todos, quieras o no. Cada uno de ellos conoce los secretos de todos, incluido los tuyos. Y eso, querido amigo, es lo que te convierte en el perdedor más grande de toda la galaxia.

Siempre me he preguntado qué te llevó a lanzarte a la aventura y aceptar ese trabajo basura en una planta de residuos, deshaciéndote de la mierda de tus vecinos, vecinos a los que en realidad no les importas. Puede que se trate de un trabajo vital para la subsistencia de tu pequeña comunidad, pero nunca nadie se cambiaría contigo. Aún así, mira el lado positivo, estás encerrado en un zulo dentro de un zulo más grande durante ocho horas al día, de modo que apenas te tienes que cruzar con gente. Es algo bastante bueno para un insociable como tú.

Te levantas todos los días a las dos de la tarde, como el vago que has sido siempre. Tomas tu desayuno-almuerzo, si se le puede llamar así (a saber qué tipo de bazofia os darán en esa estación), y haces tu rutina de ejercicios. Al menos practicas algo de deporte, con eso ya sólo tendrías que arreglarte la cara. Después picas algo, pierdes el tiempo embobado con la televisión y finalmente te diriges a tu puesto de trabajo. Lo peor del día es, sin duda, encontrarte por los pasillos con tus vecinos, extraños a los que saludas cada tarde, pero de los cuales sabes más de lo que te gustaría. Todo esto para terminar el día envuelto en los más pestilentes olores.

Y es que esa es tu rutina de todos los días. Nunca ocurre nada especial, siempre es lo mismo. Sin embargo, todos, incluso los perdedores, tienen un día de suerte, un día en el que algo cambia y tú te conviertes en alguien especial. Y ese día, amigo, ha llegado. Tu suerte se personifica como un cadáver. Sinceramente, eres un pringado incluso para estas cosas. Un cadáver. Un excéntrico técnico de residuos. Y, sin saber cómo, un cuchillo a tus pies. Pero no cualquier cuchillo. Hablamos del arma del crimen. ¿Cuál es la hipótesis de los vecinos? “Oh, vaya, el rarito ha matado a nuestra querida directora general.”

Obviamente lo primero que hacen es detenerte, colocarte las esposas y enviarte de tu zulo de trabajo directamente al zulo del calabozo. En esta estación por lo menos hay guarda de seguridad, aunque, si lo comparamos con la ley a la que estamos acostumbrados, este hombre queda mucho más cerca de un rey de la Edad Media que de un agente de policía del día de hoy. Los tratamientos para probables asesinos no son los que te darían en un hotel de lujo, aunque probablemente ni sepas de qué te hablo, si no más bien son similares a los de un perro maltratado por su dueño. Patadas, tirones y finalmente un empujón que te manda directo a tu nuevo hogar, una bonita celda en la que, si tienes suerte, pasarás pocos días. Aunque en tu caso yo me iría olvidando de eso. ¿Es que no te acuerdas de quién eres?

Al día siguiente comienza el juicio. Eres callado o, al menos, lo eras cuando estábamos juntos en el colegio, de modo que cuando te preguntan acerca del caso dices lo mínimo. Sin embargo, eso no te hace ganarte las simpatías de tus vecinos que, desgraciadamente, también son el jurado. Aquellos que te miran mal por las calles son los que decidirán tu destino. Lo sé, es una putada. Tras dos horas del interrogatorio con menos palabras de la historia de nuestra raza y una deliberación del jurado que no llega a durar ni treinta minutos, se te declara culpable de asesinato. ¡Qué sorpresa! (No sé si se notará, pero intentaba ser sarcástico. Ya sabes que a mi estas cosas me pierden).

Al no haber un código legal como tal en la estación, el castigo por el asesinato de la directora se decide entre el jurado y el juez. Y, como aquí son de extremismos, pues te condenan a muerte. Son muchas las cosas que te podrían hacer, sin embargo una es más cómoda que el resto. Si te expulsan de la estación al espacio morirás rápidamente. Sin aire, sin protección de ningún tipo y con un frío de narices. Simplemente quedará de ti un bonito cadáver helado flotando por ahí. Un polo, a grandes rasgos. Eso, o entrarás en una órbita directa que te llevará a impactar contra el planeta y convertirte en una ardiente estrella fugaz. Hielo o fuego, la naturaleza elige. Una muerte tremendamente poética y atractiva si eres un escritor americano de fantasía. Yo soy más de hielo, la verdad. Nunca se sabe quién te podría encontrar en el futuro, aunque las posibilidades de que eso ocurra son mínimas, al igual que tu buena suerte. Serías una bonita pieza de museo.

Pero volviendo al tema. Estás en tu celda, consciente de que tu fin se acerca mientras juegas al Super Mario Bros en una vieja Gameboy que has pedido como última voluntad. Nunca has tenido suerte y justo es ahora cuando eres un poquito afortunado. ¿Cuáles eran las posibilidades de que alguien en la estación tuviese esa consola? Casualidades de la vida, se podría decir. Grandes ocasiones para grandes personas y una consola desfasada para un pobre perdedor. Instantes después, se asoma a tu celda el fornido guardia, un gigante de dos metros de altura que pesa casi como tres tú. Te pide que salgas y te señala la salida del puesto de guardia. No te pone las esposas, nadie cree que puedas escapar, no tienes la suficiente fuerza de voluntad para ello. Sabes a dónde te dirigen, directo a la exclusa. Esa exclusa que has usado durante tanto tiempo para tirar todos aquellos residuos de los que no te puedes deshacer quemándolos. En serio, todo este rollo de tu muerte se está volviendo tremendamente poético. Me encanta.

Así que aquí estamos, a punto de ser lanzado al espacio exterior, sin nada, sin la más mínima protección. Vas a acabar tu vida como la basura que echas todos los días por ese agujero, como la basura que siempre has sabido que eras. Las miradas de tus vecinos te taladran el cuello, las sientes como un incómodo calor en tu nuca. Da la sensación de que detrás de ti hay alguien apuntándote con un arma y es que, al fin y al cabo, los ojos de todas esas personas conectan con sus cerebros, las armas que te condenaron a muerte. Devuelves la consola al joven hijo de la directora, un niño que se ha quedado huérfano por tu culpa (o al menos eso creen todos). Es obvio que el niño no sabía a quién iba a prestar la consola. El chaval tiene más sentido común que tú. Si llega a saberlo, jamás hubieses probado aquel videojuego. Es extraño que tus últimos pensamientos estén dirigidos a un fontanero italiano que, sin saber cómo, acaba rescatando a una princesa en un reino donde todos sus habitantes son niños poco desarrollados con cabezas de champiñón. Qué imagen tan surrealista.

Mientras los últimos retazos de tus recuerdos sobre un mono con corbata y una tortuga de pelo rojo se desdibujan en tu cabeza, el guarda se acerca a ti. Ya de antemano supones que será él el que te lance exclusa fuera, de modo que te acercas al sitio que supondrá el inicio de tu muerte. Sin embargo, te echa una mano al hombro. Por un instante, piensas que podría significar esperanza, una luz en tu camino que te salva en el último momento de morir congelado. Pero chaval, como ya deberías saber, estas cosas no te ocurren jamás. Te giras y, bajando un poco la mirada, te encuentras con un traje espacial. No encuentras ningún dispositivo de soporte vital, de modo que te vuelves a derrumbar. Ya está. Sólo quieren jugar contigo. Divertirse por una vez en años desde que habitan esta lata en el espacio. A los humanos siempre les ha gustado el sufrimiento ajeno, siempre es bueno reírse a costa del otro. El guardia se saca algo de la espalda. Una botella de oxígeno. Al menos podrás aguantar más tiempo del que tenías pensado originalmente. Levantas la cabeza y diriges una mirada hacia todo tu público. Jóvenes, mayores y niños que dedican su vida al cuidado de la estación. Gente que se preocupa por sus vecinos (excepto por ti) y gente a la que deberías odiar con toda tu alma, aunque ese sentimiento nunca te has molestado en experimentarlo. Estás acostumbrado a ignorar a las personas al igual que ellas te ignoran a ti. Pero al agarrar esa botella, algo cambia en tu interior. Una llama se despierta hasta consumir todo tu ser, una llama que representa el odio más profundo que un ser humano es capaz de experimental. Tienes ganas de matarlos a todos, a cualquiera de ellos, da igual el orden. Quieres despedazarlos, triturarlos y quemarlos hasta que queden sólo sus cenizas. La verdad es que nunca te había visto sentir algo con tanta pasión. Es verdaderamente extraño viniendo de ti.

Pero para todo eso ya es tarde, da igual que el contacto con la susodicha botella te haga sentir así, estás destinado a convertirte en un cubito de hielo vagando por el espacio. A saber de cuántas situaciones catastróficas te hubieras salvado si no llegas a ser un rarito de por vida y sientes algo por una vez. Probablemente el cuento habría cambiado mucho. Lo más seguro.

El guarda te obliga a ponerte el traje, algo que haces lo más rápido posible antes de que tu cerebro te incite a cometer una locura. Él, gentil e irónicamente, te coloca la botella de oxígeno a la espalda y realiza todas las conexiones necesarias. Ahora es cuando llega el momento de saltar, un salto al vacío, pero no metafórico, sino literal. Un salto directo a tu muerte. Poco a poco van vaciando la estancia. Todos son muy valientes para ver tu cara de desesperación al acercarte las herramientas de tu muerte, pero nadie es capaz de ver cómo eres expulsado al espacio profundo.

Mentira. Aunque opines lo contrario, sí que lo quieren ver. Están deseosos de verte flotar hasta perderte de vista, por lo que se dirigen raudos a la sala de la estación con las mejores vistas, justo encima de donde tú te encuentras. Cómo se nota que no hay nada mejor en la televisión… Mientras, tú te preparas, te agarras a la escotilla y pulsas el botón. De inmediato, se produce un vacío en toda la sala. El aire ha salido disparado al exterior, mientras tú, una vez que el viento huracanado ha pasado, te sueltas de la barandilla y comienzas a flotar rumbo a tu destino. En absoluto silencio te adentras en la oscuridad, mientras el resto de la tripulación te observa emocionada a través de una gruesa y enorme cristalera. Deben de ser unas vistas magníficas.

Mientras flotas en el espacio te pones a pensar en tu vida, algo que nunca has hecho. Normalmente, cuando uno está muy cerca de la muerte, se dice que la vida pasa por delante de tus ojos como una película, pero claro, si a ti todavía te queda una buena media hora, pues es normal que eso no funcione y te tengas que poner a pensar tú. La muerte no es que esté muy cerca, la verdad. Piensas en todas las ocasiones perdidas, todos los momentos en los que hiciste el ridículo y todas las personas que alguna vez te llegaron a aguantar pero se acabaron cansando de ti. Pobre iluso, como si alguna vez de verdad te hubieran aguantado… Son muchos los momentos desgraciadamente destacables a lo largo de tu corta y mísera existencia, aunque no te da tiempo de analizarlos todos. Uno de ellos destaca como una estrella en el fondo de tu mente. El recuerdo de un cuchillo tirado en el suelo y un cadáver cubierto de sangre. Nunca llegaste a saber quién fue en realidad y, por mucho que lo pienses, nunca llegarás a conocer al culpable. Te quedan unos veinticinco minutos de vida, no tienes ninguna posibilidad de encontrar al verdadero asesino. Alguien está vagando por esa estación espacial que ves alejarse cada vez más con la gran satisfacción del trabajo bien hecho, una persona que yo, como narrador omnisciente, pues sí conozco. ¿Qué te pensabas? Aquí un servidor tiene las habilidades propias del escritor, faltaría más. Así que atento y escucha lo que realmente pasó. Por lo menos vas a finalizar tu existencia conociendo la verdad, al fin y al cabo, no soy tan malnacido.

¿Te acuerdas de la profesora de la escuela de la estación? Pues bueno, fue ella. Parece ser que su mujer se acostó con la directora y eso no le sentó muy bien. Cuchillo en mano se recorrió toda la estación en busca de la directora que, casualmente, ese día iba a hacerte una visita. Es su trabajo, ¿no? Le clavó el cuchillo en el pecho, salió corriendo, dio la voz de alarma y luego te encontraron a ti junto al cuerpo. El resto ya es historia. Si querías más detalles, lo siento. Soy el narrador, pero tampoco voy a dedicar todo el relato a esto, tengo cosas que hacer como, por ejemplo, narrar tu muerte. Así que continuemos.

Ya han pasado unos quince minutos desde tu salto al vacío y sigues pensando en tus cosas. Pensamientos sin interés, pensamientos superfluos, pensamientos como tu vida. Flotas, flotas y flotas, es lo único que puedes hacer. Pasa el tiempo y ya sólo te quedan menos de cinco minutos de vida. El narrador se empieza a cansar, sinceramente, estoy deseando que todo esto termine ya. Y de repente, nada. Oscuridad. Todo se ha acabado, aunque obviamente no eres consciente de ello. Te has quedado sin oxígeno, te has asfixiado y has terminado tu vida como un cuerpo espacial flotando en el más profundo de los vacíos.

Y ya no queda nada más que contar. La vida de mi pobre amigo no era una vida destinada a vivir grandes aventuras. Durante algún momento se creyó que enrolándose en esa estación espacial podría convertirse en un héroe, un salvador de la Humanidad, un luchador que se enfrentaba a hordas de enemigos alienígenas. Sin embargo, esta historia no va de nada de eso. Va de las dificultades que se encuentra un ser insociable para vivir, tanto en el espacio como en la Tierra. Dificultades que aumentan cuando vives encerrado en una lata, cuando las condiciones de vida son durísimas y cuando la ley tan sólo es un chiste. Esa estación espacial es la más oscura de las selvas, un lugar donde impera la ley del más fuerte, de modo que mi amigo, evidentemente, sobraba. Sólo había que esperar la oportunidad para eliminarlo. Y esto es todo, una historia deprimente sobre un ser aún más deprimente. Una historia, a su manera, con un final feliz.